Florent Marcellesi

Ciudad y decrecimiento: los retos ecológicos de la urbe del siglo XXI

In decrecimiento, urbanismo on 24 septiembre 2013 at 8:39

Ciudad ecología

Por Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica y miembro de Equo, ingeniero civil y urbanista.

Conferencia presentada en las jornadas sobre el Plan General de Ordenación Urbana de Bilbao (organizadas por el grupo municipal de Bildu, junio 2012) y en el curso “Paisajes productivos” (Agrupación Vasco-Navarra de Arquitectos Urbanistas, enero 2013).

Atrevámonos a soñar con una ciudad social y ecológicamente justa. Atrevámonos a construir una ciudad donde somos capaces de vivir bien y de ser felices dentro de los límites ecológicos del Planeta y de forma democrática y solidaria. Sin embargo, ¿corresponde este sueño con la evolución histórica y a la realidad de la ciudad moderna en general y de Bilbao (1) en particular? ¿Qué pasos serían necesarios seguir para alcanzarlo?

Ciudades y modernidad industrial

La revolución industrial ha reconfigurado profundamente la estructura territorial y social de las sociedades llamadas modernas. Mientras que en 1800 vivían en áreas urbanas, principalmente en Europa occidental, solo 30 millones de los mil millones de personas que habitaban el planeta, hoy en día por primera vez la población urbana a nivel mundial supera la población rural. El 50% de la población del planeta, es decir aproximadamente 3500 millones de personas, residen en áreas urbanas, apuntando —si siguen las tendencias actuales— a una población urbana de 5 mil millones en ciudades de cara a 2030 y más del 80% en 2050. Este fenómeno provocado por el crecimiento demográfico muy rápido y un éxodo urbano, en gran parte forzado (2), del campesinado para alimentar a las industrias con mano de obra, han convertido las ciudades en nexos fundamentales de la globalización liberal y productivista. En 2007, las ciudades, que solo ocupaban el 2% de la superficie mundial, contribuyeron al 80% del PIB mundial y las 600 ciudades más importantes, solo con un quinto de la población mundial, concentraron el 60% del PIB (McKinsey Global Institute, 2011).

Por supuesto, esta estructuración centrada en ciudades como pulmones socio-económicos dentro de una red mundial interconectada y en constante competición tiene un precio ecológico. La Agencia Internacional de la Energía (2008) estima que en 2006 las ciudades consumieron en torno al 67% de la energía primaria mundial y fueron responsables del 71% de las emisiones de gases a efecto invernadero (GEI de ahora en adelante) relacionados con los combustibles fósiles. Si sigue su camino el proceso actual de urbanización, la AIE alerta el inevitable aumento de consumo energético y emisiones de gases de efecto invernadero (más del 70% para ambos en 2030). Sin embargo, esta tendencia es simplemente incompatible con la realidad energética y climática. Hemos llegado al techo del petróleo (3) y hemos superado la capacidad de absorción de GEI por parte de la atmósfera. Para garantizar la supervivencia civilizada de la humanidad, es urgente cambiar de modelo global y, dada su importancia estratégica, cambiar de raíz nuestra concepción de las urbes, puesto que ellas son a la vez el reflejo de este modelo socio-económico y un sujeto activo del cambio global.

Huella ecológica urbana, límites del planeta y desarrollo humano

La huella ecológica permite evaluar el impacto de una sociedad, un país, una región o una persona sobre el medio ambiente y se define como “la capacidad de los ecosistemas para producir materiales biológicos útiles y absorber los residuos generados por los seres humanos” (Ewing et al, 2008). Obtenemos dos posibles escenarios: un “déficit ecológico” (cuando la  huella ecológica es superior a la capacidad de carga (4)) y la “autosuficiencia” (cuando la huella ecológica es inferior a la capacidad de carga).

Según el Observatorio de la Sostenibilidad en España (2010), la huella ecológica en Bilbao es, de media, de 6,27 hectáreas globales por habitante, mientras que su biocapacidad es de 1,80 hectáreas globales por habitante. Por tanto, significa que Bilbao tiene un déficit ecológico de 4,47 hectáreas globales por habitante. Dicho de otra manera, ¡la villa utiliza recursos equivalentes a más de 100 veces su superficie! El OSE apunta que, además, “a nivel provincial el comportamiento redunda en el comportamiento deficitario puesto que el territorio de Bizkaia consume recursos equivalentes a 30,20 veces su superficie”. Si estimamos también el momento en que se agotarían los recursos en el horizonte de un año (es decir la biocapacidad disponible) según el estilo de vida y población, Bilbao no duraría más de 1 semana, Bizkaia 1 mes y el conjunto de Euskadi mes y medio…

Al mismo tiempo, Bilbao tiene un Índice de Desarrollo Humano (IDH) (5) de 0,92. Según interpretaciones de Naciones Unidas, eso significa que la villa tiene un desarrollo humano elevado (> 0,8), en base a tres factores básicos que son el poder adquisitivo, la educación y la salud. Cruzando ambos indicadores, el IDH y la Huella ecológica, constatamos que Bilbao se aleja considerablemente del “cajón de sostenibilidad”, este doble reto que se plantea a cualquier territorio: alcanzar altos niveles de desarrollo humano (> 0,8) dentro de los límites ecológicos del planeta (< 1,8 hectáreas globales). Bilbao reproduce a pequeña escala el modelo de injusticia ambiental entre países del Norte y países del Sur: alcanza altos niveles de desarrollo humano en base a la explotación de espacios ambientales (y de mano de obra) de otras partes del mundo, principalmente de los países del Sur, impidiendo a su vez que aquellos puedan optar a utilizar parte de estos recursos naturales para su propio beneficio (para más más información sobre estos conceptos: véase, Marcellesi, 2012).

Esta conclusión se puede extender en gran medida a todo el territorio español. En el Estado, la huella media de las ciudades es de 5.1 hag/hab, lo cual se reparte en un 67,3% para la absorción de CO2, un 32,1% para los cultivos, pastos, bosques y pesquerías y un 0,6% para terreno construido. Además, el análisis conjunto de los indicadores realizado por el OSE indica que las capitales de provincia se caracterizan por presentar niveles de desarrollo humano aceptables (con un IDH por encima de 0,8) y a la vez con una huella ecológica muy por encima de 1.8 hg/hab. lo que las cataloga como territorios con un déficit ambiental significativo. Además, Barcelona, Bilbao, Madrid, Málaga, Murcia, Sevilla, Valencia y Zaragoza son las ciudades que mayor huella ecológica presentan, lo que muestra la relación directa entre las ciudades con mayor huella ecológica y dos factores centrales: la población que albergan y el nivel de riqueza (material y económico).

Esta senda es totalmente insolidaria e insostenible. Basándonos en cifras del Informe Global España 2020/50 (2009), si seguimos las tendencias estructurales y culturales imperantes en los últimos años, la huella ecológica urbana crecerá un 47% en 2020 y 117% en 2050… Incluso si aplicamos un escenario de mejoras urbanísticas, pero que no sea capaz de influir drásticamente sobre los patrones de consumo, supondría en 2020 una huella ecológica de 7% por encima de los valores de 2005, pudiendo llegar a un 19% en 2050.

Hacia una ciudad del buen vivir

Ante este panorama inquietante y siempre y desde una visión de justicia social y ambiental (6) a nivel local y global, no nos queda otro remedio que iniciar la transición “de la ciudad de la expansión ilimitada a la ciudad adaptada a los límites de biocapacidad glocal” (Informe Global España 2020/2050, 2009: p.30). Esta transición nos tendría que permitir al mismo tiempo alcanzar un decrecimiento “del 45% de la huella media de las ciudades calculada para el año 2005” (7) y mantener un IDH superior a 0.8. Para construir esta ciudad donde somos capaces de vivir bien, de ser felices y autónomos dentro de los límites ecológicos del Planeta y de forma democrática y solidaria, primero son necesarios fijar unos principios de base: (8)

  • Principio de (auto)suficiencia: se trata de responder y definir de forma democrática a preguntas básicas e interrelacionadas para la (buena) vida de una comunidad con los recursos naturales disponibles: ¿Cuánto es suficiente para cubrir nuestras necesidades básicas, tanto colectivas como personales, y garantizar la autonomía individual y la solidaridad? ¿Cuánto es posible según la biocapacidad real de nuestro territorio?
  • Principio de “biomímesis”: significa que una ciudad, al igual que el campo, y el conjunto de sus componentes tendría que actuar imitando la naturaleza. En palabras de Jorge Riechmann, la economía de la naturaleza es “cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos : la energía solar en sus diferentes manifestaciones. (…) Cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran”.
  • Principio de ecoeficiencia: expone la necesidad de utilizar menos recursos y generar menos impactos por unidad de producto. En todo caso, y principalmente a través del primer principio de (auto)limitación, este principio tendrá que tener en cuenta y combatir en todo momento el “efecto rebote” que estipula que por mucho que disminuya el impacto ambiental por unidad producida, las mejoras se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas. (9)
  • Principio de rentabilidad social y ecológica: las personas y la T(t)ierra están en el centro de las atenciones. La ciudad no es una megainfraestructura deshumanizada que pone a sus habitantes a su servicio sino, al contrario, es una herramienta al servicio de sus habitantes para que puedan alcanzar bienestar de forma sostenible.
  • Principio de democracia: los principios anteriores, y particularmente el primero de suficiencia, pone de relieve la centralidad de la cuestión democrática. Definir procesos o herramientas democráticos que permitan hacer realidad la democracia de la autolimitación y la autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción es un eje transversal de la ciudad del siglo XXI. (10)

En la práctica, estos cinco principios pueden declinarse a través de algunas ideas clave, no exhaustivas, pero que marcan la orientación de una ciudad sostenible y que, por ejemplo, encontramos de una forma u otra en diferentes iniciativas como las “ciudades en transición” (11), las “Slow City” o las “ciudades de lo/as niño/as”:

  • Adecuar la ciudad y su territorio a su biocapacidad: cada ciudad, o mejor dicho comarca, tiene el deber de evaluar la capacidad de carga de su territorio en el que se asienta y tener esta realidad ecológica como horizonte y referencia para la reorientación de su organización socio-económica. Por ejemplo, el objetivo de Bilbao debería ser reducir por 3 su huella ecológica o por lo menos tener un consumo de recursos y generación de residuos compatibles con la biocapacidad vizcaína, teniendo en cuenta por supuesto al resto de pueblos de la provincia. En particular, hay que calcular la cantidad de tierra agrícola necesaria para abastecer a la población y compararla con los usos actuales para determinar cuál es la necesidad de superficie agraria y crear una reserva de suelo al respecto.
  • Parar el crecimiento de las ciudades: en la actualidad, la tasa de crecimiento de las ciudades europeas es algo menor del 1%. Es preciso poner fin a la expansión urbana y tener un plan de contención de la urbanización y la artificialización del suelo (Bilbao ya ocupa por ejemplo según el Udalplan más del 50% de su suelo disponible). Al mismo tiempo, también es preciso poner fin a la construcción de grandes infraestructuras de transporte que conllevan el “sprawl” urbano, el uso intenso de energía fósil o del coche. En particular, no se puede permitir más 3 A’s: Autopistas, Aeropuertos (12) o Alta Velocidad. El fracaso (anunciado) de la Supersur indica claramente que la época del ladrillismo y grandes infraestructuras viarias debe dejar lugar a una ciudad del peatón, de la bici y del transporte colectivo.
  • Reciclar y revalorizar las ciudades existentes: la prioridad se encuentra por tanto en reciclar lo existente. Por un lado, se estiman que hay unas 15.000 viviendas vacías en Bilbao, mientras que —a efectos comparativos— las familias desahuciadas en Euskadi fueron 11.000 desde 2008. No existe necesidad de construir más sino de repartir mejor el stock de viviendas actuales, sin aumentar la presión sobre el suelo y además haciendo efectivo el derecho a la vivienda para todas y todos. Por otro lado, ante la crisis ecológica, la rehabilitación se sitúa como un eje prioritario hacia los objetivos de reducción de la huella ecológica, puesto que la mejora de los edificios (aislamiento, recuperación de aguas, calefacción térmica, etc.) puede permitir grandes reducciones del consumo energético y de la emisión de CO2. Además, es una fuente de empleo: según un informe del Conama (13), la reforma de 10 millones de viviendas en el Estado español hasta 2050 —para reducir su gasto de calefacción un 80% y cubrir un 60% de las necesidades de agua caliente— puede generar unos 130.000 empleos nuevos en una primera fase de aquí a 2020. Esta tendencia se vería reforzada si, al mismo tiempo, se incluyera el coste energético de las viviendas en su valoración de mercado.
  • Relocalizar las actividades: dentro de una transición ordenada hacia la sostenibilidad, es preciso construir un modelo económico donde primen las distancias cortas, es decir donde produzcamos localmente lo que consumimos localmente: huertos urbanos (para autoabastecimiento, aprendizaje de la agricultura, recuperación de zonas o solares en desuso o ruralización de la ciudad (14)), descentralización de la producción de energía renovables (para autoconsumo y suministro de viviendas, empresas y transporte colectivo y local), puesta en marcha de monedas locales (15) que favorecen el comercio de cercanía (es decir, el peatón y la bici), cooperativas o grupos de consumo que relacionen sin intermediarios personas productoras y consumidoras a nivel local (es decir independientes de grandes infraestructuras y plataformas logísticas y de transporte altamente energívoras) y privilegien un modo de vida ecológico.
  • Favorecer una movilidad sostenible: como objetivo, el informe Global se marca para 2020 volver a niveles de 0,4 turismos/habitantes y en 2050 reducir esta variable en la mitad. Significa entre otras cosas alcanzar un reparto modal del 10% para el coche, 30% para el transporte colectivo y 60% para el peatón y la bici. De forma combinada con las demás propuestas, se trata de concentrar poco a poco la movilidad doméstica en un radio que permita los desplazamientos a pie (radio de 1km) y en bici (radio de 3 km) y la movilidad profesional en un radio adaptado a los transportes colectivos (5 km). Supone a su vez construir ciudades policéntricas, donde superamos por fin el urbanismo funcionalista (que separa por sus funciones las diferentes zonas de la ciudad entre zonas comerciales, zonas dormitorios, zonas de actividades económica, zonas de ocio y que requiere el coche como elemento vertebrador) y apostamos por la mezcla de actividades y usos en nuestros barrios. (16)
  • Reequilibrar ciudad y campo: según varias hipótesis, se necesitaría en torno a un 30% más de trabajo si se pasara de la agricultura industrial a una agricultura mayoritariamente ecológica (17). Por ejemplo, el colectivo Desazkundea, en su crítica a la propuesta del Gobierno Vasco de las Directrices de Ordenación del Territorio y su apuesta por la soberanía alimentaria (18), recuerda que si se planteara un objetivo de autoabastecimiento agrícola del 20% en Euskadi (hoy es del 5%), esto supondría la dedicación de más de 330.000 Ha y el aumento de la población activa de 1.5% hasta el 5% (25.000 puestos de trabajo). Esto supone por un lado fomentar la reconversión de tierras hoy dedicadas al monocultivo (como puede ser el agroforestal y el negocio del pino-eucalipto-papeleras) en tierras cultivables. Por otro lado, además de ser una fuente de empleo importante, implica revalorizar también el trabajo en el campo y el papel del campesinado en nuestra sociedad, y plantear un reequilibrio progresivo del reparto de población entre campo y ciudad. (19)
  • Democratizar la ciudad: el tamaño desmedido de las ciudades aleja considerablemente la ciudadanía de los ámbitos de decisión. De hecho, Fitopopulos, filósofo e impulsor de la iniciativa Democracia Inclusiva, propone (re)construir núcleos urbanos de un máximo de 30.000 habitantes (al igual que en las ciudades griegas antiguas) para permitir una democracia real. Por su parte, ciudades como Porto Alegre (1 millón de habitantes), han puesto en marcha presupuestos participativos que siguen, en teoría, un sistema abajo-arriba donde las asambleas de barrio discuten las propuestas y sus representantes las acuerdan en asambleas del conjunto urbano. De nuevo, estas conformaciones urbanas requieren de una ciudad o un territorio policéntricos, a escala humana (es decir a pie o en bici) y de democracia directa, que luego se coordine de forma supralocal (comarca, cuenca hidrográfica, región, estado, Europa) a través de mecanismos también democráticos y transparentes.
  • Cambiar de valores y de mentalidad: tan crucial como el diseño urbanístico o el equipamiento de las viviendas es la gente que vive en ellas. No habrá disminución radical de la huella ecológica sin un cambio estructural, de mentalidad y de hábitos de consumo. En el ámbito de la movilidad sostenible, un buen ejemplo es el “Car sharing” (20): muy implantado en países como Suiza, plantea la propiedad compartida de un coche entre varias unidades familiares que luego comparten su uso (lo que conlleva menos unidades producidas, menos espacio requerido para aparcamientos, reparto de los costes vinculados al coche, revalorización de lo común, etc.). De la misma manera y desde una visión global, las cooperativas de viviendas, que practican la cesión de uso, ponen en común espacios y electrodomésticos entre los habitantes, apuestan por la biorehabilitación y fijan precios asequibles y justos. (21)

Sin duda, los retos apuntados aquí son de gran magnitud y eso implica afrontarlos con valor y sobre todo desde abajo y de forma deliberativa. De esta manera, las diferentes iniciativas o planificaciones (como los Planes Generales de Ordenación Urbana) que se pongan en marcha podrán (retro)alimentarse e impulsar principios y buenas prácticas en clave de vivir bien y felices dentro de los límites ecológicos del Planeta.

Notas:

(1) Para ubicarnos, Bilbao es la capital de Bizkaia fundada en 1300, tiene una superificie de 40,65 km2, una población de 352.700 habitantes (en 2011) y una densidad de 8.676,51 hab./km²

(2) Por ejemplo entre los siglos XVIII y XIX, las “Leyes de cercamiento” inglesas (Enclosure Acts) que establecían “la división, el reparto y el cercamiento de los campos, praderas y dehesas abiertas y comunes y de las tierras baldías y comunes” supusieron la sustitución de los derechos comunales sobre la tierra por los de propiedad privada y la emigración a las ciudades en busca de sustento (principalmente como mano de obra en la industria) o la conversión en jornaleros en el campo.

(3) El techo del petróleo corresponde al punto de inflexión a partir del cual la extracción de una unidad de petróleo por unidad de tiempo ya no puede incrementarse, por grande que sea la demanda.

(4) La biocapacidad o capacidad biológica se refiere a la capacidad de un área específica biológicamente productiva de generar un abastecimiento regular de recursos renovables y de absorber los desechos resultantes de su consumo. Fuente: GreenFacts.

(5) El Índice de Desarrollo Humano (IDH) es un indicador creado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y que tiene en cuenta tres variables: 1) Esperanza de vida al nacer 2) Educación 3) PIB per Cápita (a paridad de poder adquisitivo). El PNUD clasifica a los países en tres grandes grupos: países con alto desarrollo humano con un IDH mayor de 0,80, países con medio desarrollo humano entre 0,50 y 0,80, y países con bajo desarrollo humano con un IDH menor de 0,50.

(6) La justicia ambiental reconoce a todos los seres humanos los mismos derechos de acceso e idénticas opciones a los beneficios de la oferta ambiental y cultural del planeta.

(7)  Lo que supondría a su vez una disminución del 29% en su componente de superficie artificial, un 58% de la necesidad de superficie provocada por las emisiones de CO2y un 24% como consecuencia de nuevos hábitos de consumo más saludables.

(8) Estos principios son una adaptación por parte del autor de los principios propuestos por el Informe Global sobre Ciudades.

(9) Por ejemplo, entre 1990 y 2007, y a pesar de mejoras significativas en torno a la intensidad de carbono (-12%), la eficiencia tecnológica no ha compensado el crecimiento de la población (+24,5%) y el aumento del PIB por habitante (+25,5%), y las emisiones de CO2 han aumentado a nivel mundial de 38%. Fuente: Jackson, Tim (2011): Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito. Encuentro Intermón Oxfám-Icaria.

(10) Véase Marcellesi, F. (2011): Las deudas ecológicas de la democracia moderna, Ecología política, nº42, disponible aquí.

(11) Movimiento lanzado por Rob Hopkins en el pueblo inglés de Totnes y hoy presente en centenares de ciudades europeas. De forma pragmática, plantea la necesidad de crear resiliencia, es decir adaptar las ciudades para que sean capaces de absorber los choques que provocarán el techo del petróleo y el cambio climático. En Euskadi, existe Gasteiz en Transición.

(12) Sobre el caso del aeropuerto de Bilbao, véase Marcellesi, F.: “Aeropuertos y ecología: una crisis de alto vuelo”, en la revista de Gesto por la paz. Disponible aquí.

(13) Más información disponible aquí.

(14) Véase en Bilbao el proyecto “Baratza” de Desazkundea. A pesar de que en Bilbao no haya por el momento poco o ningún interés por parte del equipo de gobierno de desarrollar huertos urbanos, existen buenas prácticas como en Zaragoza, Villena o Altea.

(15) Véase en Bilbao el proyecto de moneda local “Ekhi“. Por ejemplo, en Bristol, ciudad de más de 400.000 habitantes que ha puesto en marcha la propuesta de “iniciativas en transición”, el alcalde cobra su sueldo en moneda local.

(16) Es de mucho interés constatar que muchas propuestas decrecentistas coinciden con propuestas de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Bilbao. Véase por ejemplo “El Libro Blanco del Transporte de Bilbao y Bizkaia” (VVAA de Bilbao, 2009).

(17) Según The General Workers’ Union in Denmark: For Posterity—For Nature’s Sake—Ecological Farming. El estudio Sustainable Germany del Instituto Wuppertal (1995) da una cifra del 20%. En Riechmann, J. (2003): Cuidar la T(t)ierra. Políticas agrarias y alimentarias sostenibles para entrar en el siglo XXI. Icaria.

(18) Véase http://dot-desazkundea.org/

(19) Este reequilibrio también se tendría que hacer a mayor escala puesto que obviamente algunas zonas están superpobladas en comparación con la biocapacidad real de su territorio, como puede ser el caso de la costa valenciana y alicantina.

(20) Para más información, véase la asociación vasca de Car Sharing.

(21) En Bilbao, se está creando desde Desazkundea la cooperativa de viviendas Etxecoop. En Cataluña, existe como referencia Sostre Civic.

Referencias:

Agencia internacional de la Energía (2008): World Outlook Energy 2008. IEA.

Ewing B., S. Goldfinger, M. Wackernagel, M. Stechbart, S. M. Rizk, A. Reed and J. Kitzes (2008): The Ecological Footprint Atlas 2008. Oakland: Global Footprint Network.

Orcáriz, J., Prats, F. (2009): Informe Global España 2020/50. Programa ciudades. Hacia un pacto de las ciudades españolas ante el cambio global. Centro Complutense de Estudios e Información Medioambiental.

Marcellesi, F. (2012): Cooperación al posdesarrollo. Bases teóricas para la transformación ecológica de la cooperación al desarrollo, Bakeaz, Bilbao.

McKinsey Global Institute (2011): Urban world. Mapping the economic power of cities. MGI.

Observatorio de la Sostenibilidad en España (2010): Sostenibilidad local: una aproximación rural y urbana.

Poumanyvong P., Kaneko S., (2010): “Does urbanization lead to less energy use and lower CO2 emissions? Across-country analysis”, en Ecological Economics, 15 de diciembre del 2010.

  1. Genial Florent.
    Me declaro “urbanita” y mi instinto básico es el de decir “bah, una ciudad compacta pero viva es más sostenible que unos suburbios más ‘rurales’ más dispersos”, por tener menor huella física. Pero está claro que 1) no son lo suficientemente sostenibles y hay una lista larguísima de cosas por cambiar, y 2) que la alternativa NO es el modelo del “suburb” británico en el que cada casita necesita su pequeño jardín… totalmente aislado del resto de casas y familias; con su coche para acceder a servicios básicos; y su enorme huella por familia.

    Un abrazo, y gracias de nuevo!

  2. […] Fuente: https://florentmarcellesi.wordpress.com/2013/09/24/ciudad-y-decrecimiento-los-retos-ecologicos-de-la-… […]

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