Florent Marcellesi

En busca de legitimidad democrática

In democracia, General on 28 junio 2007 at 19:48

En el siglo XX, habrá una nación extraordinaria. Esta nación será grande, lo que no le impedirá ser libre. Será ilustrada, rica, pensante, pacífica, cordial. Esta nación se llamará Europa. Se llamará Europa en el siglo XX y en los siglos siguientes». Si Víctor Hugo, que pronunció estas palabras en el Congreso de la Paz en 1849, estuviera todavía con nosotros, no cabe duda de que, tras el último Consejo europeo, revisaría sus líricas aserciones. En lugar de ilustración, riqueza y pacifismo asistimos una vez más a la grandeza tecnocrática, egoísta y conflictiva de las cortas miras.
Es cierto que el mal llamado ‘Tratado simplificado’ recoge algunas de las mejoras sustanciales que había propuesto el proyecto abortado de Constitución. Por su capacidad de reforzar la eficacia institucional al instaurar elementos como la personalidad jurídica de la UE, la presidencia de dos años y medio, el alto representante de Asuntos Exteriores o la extensión de la mayoría cualificada, el Tratado obtendrá una valoración positiva por parte de los expertos jurídicos de la Comisión o de los diferentes Estados. Además, a los que luchamos por una Europa entendida como proyecto transnacional, democrático y participativo, nos alegrará saber que aumenta el poder del Parlamento europeo -a través de la generalización de la codecisión- y que se mantiene la ‘iniciativa ciudadana’ mediante la petición de un millón de firmas.

Sin embargo, estas dos últimas reformas, perdidas en un laberíntico tratado internacional heredado de la acumulación de cincuenta años de renegociaciones y ampliaciones, son insuficientes. Frente a las humildes demandas de transparencia y legitimidad democrática, se ha impuesto de nuevo la complicación del entramado europeo mediante arduas luchas de poder diplomáticas.

El sistema de voto es el ejemplo mismo de este proceso tecnócrata y egocéntrico que ha agitado la Cumbre y que lleva a la complejidad del edificio europeo. Basándose en una serie de umbrales, porcentajes y demás verificaciones especiales que ni siquiera los propios interesados llegan a veces a entender, convierte la Unión Europea en un objeto lejano. Lo negociado en la cumbre de Bruselas, al retrasar la aplicación de la mayoría cualificada a 2014 y las minorías de bloqueo hasta 2017, además de permitir a algunos países negociar con ventaja los próximos presupuestos y fondos estructurales, añadirá más perplejidad ciudadana a la ya existente. La legitimidad democrática, alejada del bochornoso espectáculo actual digno de vendedores de alfombras, implicaría unas reglas simples, transparentes y comprensibles mediante las cuales cualquier ciudadano -aunque no fuera licenciado en Derecho europeo- pudiera entender quién y cómo se toman las decisiones.

Por lo tanto, no se puede decir que la UE haya salido de la crisis de baja intensidad de estos últimos años. Es más, se encuentra en una encrucijada: puede seguir buscando su salvación en reformas institucionales de poco alcance y cada vez más frecuentes o puede abrir de nuevo el debate central de su sentido y finalidades. Y más aún después de una cumbre marcada por la victoria de los países de la Europa conflictiva y de las cláusulas especiales. Tras las tristes declaraciones del jefe de Estado polaco, que parecía actuar como si Alemania siguiera siendo Prusia, Europa ha dejado de ser, por lo menos de manera simbólica, un proyecto capaz de superar las tragedias de la historia europea y de mirar hacia delante de forma colectiva. Esta visión contradice la de los padres de Europa que predecían que los pueblos ayer enfrentados en el campo de batalla estarían hoy unidos en la diversidad y en la defensa de un mismo ideal humano.

En un nuevo contexto mundial marcado por la globalización y las crisis ecológicas, ha llegado la hora de dar a Europa un nuevo empujón político-filosófico, y no sólo un lavado de cara institucional. Tanto en el proceso de elaboración de las reglas comunes como en su contenido, es hora de que seamos los ciudadanos a nivel local, regional, estatal y europeo quienes decidamos qué Europa queremos dejar a nuestros hijos. De hecho, la Unión Europea, desde sus inicios, se ha construido de acuerdo con un enfoque ‘de arriba abajo’ basado en una alianza entre políticos visionarios y técnicos. Además, al oscilar entre una lógica federalista de integración y otra de cooperación intergubernamental reforzada, la UE no ha sabido dar un sentido a su expansión. Navega por tanto en un déficit democrático cada vez mayor -las cuestiones europeas trascendentales están casi ausentes de las agendas políticas nacionales- y una constante incertidumbre sobre sus aspiraciones supranacionales y geográficas.

El nuevo Tratado, parido en el dolor y el calor de los egoísmos nacionales y no en una visión común, entendible y a largo plazo, no remedia estos problemas, y la decisión de los jefes de Estado de ratificarlo por vía parlamentaria no abre perspectivas alentadoras. Si no queremos asistir tarde o temprano a un probable rechazo popular y a una enésima amarga desilusión, la legitimidad democrática, piedra angular de la Europa del siglo XXI, tendrá que primar sobre la eficacia institucional. Sólo en estas condiciones podremos construir una Europa para, por y con sus ciudadanos, y quizás el sueño de Víctor Hugo de unos «Estados Unidos de Europa», donde nos «fundiremos estrechamente en una unidad superior y constituiremos la fraternidad europea», se hará realidad para las generaciones presentes y futuras.

Florent Marcellesi

Artículo publicado en El Correo, 28-06-2007

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